¿Y si al salir todos
no hay nadie para cerrar la puerta?,
¿qué hará el juglar de los sueños imperfectos, para descorrer las manecillas y los relojes,
los corchetes y las botellas,
las esquinas donde todo se oculta a la luz y al brillo de tu mirada?

Los que se fueron los primeros
no miraron para atrás ni para dentro,
estupideces cercenantes de qué se dijo,
dónde dolió y en que excusado tira el puñal,
que yo acuné en abrazos de permanencia e infancia.

Los que se fueron con la sensación de no conocer a nadie,
a nadie de nada,
no de nadar y guardar la ropa o la semblanza,
sino de no reconocerse en el espejo presente
donde lo que fuiste no cala,
lo que prometes no cunde,
lo que callas te aleja,
lo que no sonríes oculta tu brillo,
y decides alumbrar el prejuicio de lo imaginado
marginando tu presencia esencial,
clamores adolescentes,
granos de pubertad.

Los que esperaron a cenar y marcharon por no recoger,
por no ayudar,
por no formar parte de la fiesta,
parásitos emocionales,
tóxicos en los comentarios,
perezosos en la ternura,
pastilleros trasnochados,
especuladores del afecto,
esquiroles acompañantes,
avaros obtusos,
juzgadores.

Los que se fueron cuando no había que beber y con la excusa de ir a por más,
escaquearon monedas y palabras,
amigos de lo ajeno,
paganos de lágrima fácil,
atronadores en la desvergüenza,
mancilladores de padres e historias,
de novias afligidas,
de novios torticeros,
de no saber compartir al crecer ni en la despedida,
a los que no se les ve,
y ni al morir se les espera.

Los que se fueron, y se les extraña,
los que siempre están en la ayuda y en la barricada,
los que saben quedarse aún cuando silban balas y llueven cuchillos,
a los que los sientes a tu lado,
caminando en el baile salsero del camino,
a los que amas de ciento en año,
porque el amor cierto,
es certero y certeza,
es mirada y destello,
es en dos patadas recogemos y rebosan paz y conciencia
siendo desde siempre
como una caricia de café recién hecho
como desertar abrazados
en las orillas de la vida
juntos
justo al amanecer.

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