Cuantas veces palabras que no usas
que no tienen sentido en tu día a día
dichas por otras personas en el contexto de tu existencia
son destrozadoras,
como balas que trazan,
como sueños que se rompen,
como vajilla contra el suelo.
Palabras vacías
lapidarias en cuellos,
estranguladoras de corazón,
sin alma ni resuello.
Hoy una palabra que no tiene sentido en mi vida
insinuada por desconocidos cercanos
cercenaron la paz de mi ser,
me agitaron con cadenas de pestañas y sornas sonoras,
destruyendo la paz conseguida
contenida en remansos de libertad emocional
de colocar cada poro de piel en la penumbra del sosiego
aleteando en la parsimonia de libres colibríes.
De repente
la escucho
sabiendo que es hueca,
estallando en cuatros ces que son reales de catorce,
en miles los pedazos,
en cientos los dolores mustios,
mutuos,
extraños,
cercenando la piel feliz,
los dedos que no doblan,
las luces que se apagan,
el miedo que florece.
Llamarte
y saber desde la necesidad de sentir en tu voz,
esa palabra que anula
las bombas y las muertes.
Tu eres una buena persona,
sin intenciones de dañar,
ni siquiera a los que te hieren
ciegos y estúpidos,
sin sabor en la hiel,
sin conciencia en los gestos.
No creas que,
no le des poder a los reflejos invisibles
de quienes nombran lo que no es,
y no lo dicen suave,
como preguntando
sin insinuación,
con la certeza de la mirada transparente,
personal,
de frente.
Medité leyendo recomendaciones certeras,
ciertas,
centradas,
desde lo que hiciste y eres,
para reconocerte,
destrabarte,
desparramarte,
como imán recomponerte,
y juntar los mecanos y las mieses.
Recordar que las palabras que no viven en ti,
son palabras muertas.