Descorcho de la pared
lo callado de lo lejano,
sintiendo que nada de lo descrito
en la comisura de alabastro,
tiene que ver con la vida y lo vivido.

El silencio callado,
tímido,
lúgubre
acaricia la sien de lo perdido,
y tan remoto es lo sentido
que escancio Desdémonas en el plebiscito de saberte inerme,
donde las sombras son,
las noches están
y los cuchillos cortan sintonías alejandrinas.

Aprieto los labios,
mordiendo las palabras sordas,
desgajando el grito muerto,
el desgarro inflamado,
la campanilla hueca,
la saliva inerte,
el corazón desgarrado,
aún hay plagios que nacen entre la hojarasca pérfida.

Mudo
no de silencio,
quizá de sentimientos sentidos,
salidos,
dormidos,
escapistas;

Mudo de cambio,
de pieles nuevas,
de claroscuros en ojos que no miran,
en cegueras clandestinas,
en susurros de escarcha,
en perlas de fuego,
en parcelas de manos que no saben acariciar
desde la paz del deseo;

Mudo de cadenas en la mirada,
de muñones y princesas,
paralelamente al despertar lujurioso
escapo de la mano enferma que solo sabe pedir
cuando la situación vital grita entrega;

Mudo
ahora que tus ojos me miran y te ven,
te escuchan sin lamentos,
sin juicios,
sin respuestas,
con las preguntas nacientes
entre lo que sabes y lo que prefieres ignorar,
callar,
aplaudir,
expulsar,
parir,
brotar,
explotar entre gorjeos y clamores de amanecer.

Mudo sin mudar,
sin callar
sin perder
sin rendir
sin traicionar
aunque escueza.

Mudo porque quiero y no callo,
porque el despuntar de la vida recubre y aletea,
porque hoy de nuevo,
sin memoria,
sin recuerda quien,
y aún así presto al abordaje,
con el puñal entre los dientes,
apretando el sable arrogante,
con el miedo en la cintura,
con la prestancia del guerrero que nada pierde
conectado, integrado, perpetuo.

Mudo,
mientras el cuerpo decide parar todo y enfermar,
cual crisálida tolerante,
que sabe que para vivir mariposa
primero debe morir al ego del reflejo.
Mudo,
de la piel para dentro,
de las miradas ajenas,
de las dudas lacerantes,
del pulmón que no navega, pero resopla,
de la caricia que anhela,
de lo que puede ser y aún no llega,
de lo que es y reconforta,
del momento justo donde todo es perfecto y tu brillo amamanta y acuna.

Mudo,
pero ni ciego ni loco,
ni ausente ni perdido,
ni acabado ni en la jaula,
atento a la vida,
al discurrir tormentoso,
a veces lacerante,
de saber que todo renace
desde la piel de la conciencia,
y tu,
como yo,
cada cierto tiempo
renacemos,
cambiamos la piel,
que no la esencia,
mudamos
anudados,
siendo raíz y sol,
león y selva,
juego y destreza,
amor y luz,
armonía y belleza.

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