Siempre nos dijeron que en la vida hay que elegir el camino correcto y algunas normas para transitarlo, quizá básicas. En ocasiones algunas miguitas de señales, algunos gestos. En otras, nos contaban algo de su experiencia y te decían que si ellos pudieron tú también podrás y sentimos que es una ayuda, pero con pocas instrucciones.
Recuerdo cuando de niño les oía algunas de sus vivencias y mi carita les miraba con admiración y con algo de miedo, gasolina fundamental para enfrentar cualquier piedra, cualquier curva, cualquier barranco.
Ahora que algunas certezas, se empiezan a vivificar cercanas, que la madeja nos enseña que al ovillo se le acaba la lana, que cada momento vivido es único, y que como el agua de la fuente todo sigue su camino, esta enseñanza se me hace cierta, y siento admiración por lo transitado y más tristeza sonriente que miedo. Todos sabemos que las cuevas oscuras dan miedo, pero no menos que la noche oscura de la vida, que para cada cual es una cosa, pero tengo la certeza de que está llena de luz.
Suele ser fácil hablar de lo no experimentado, de la paz que corresponde a los momentos de certezas absolutas, esas que nacen en los mayores peligros, percibida a cámara lenta como si no importase nada más que los detalles, algunos nos acompañan en el día a día, siempre depende del tobogán que elijas para deslizarte y bajar con la cabeza o los pies por delante, solo es un gesto más, porque la velocidad de la caída regida por la mente a partir de cierta aceleración se desconecta, y menos mal, porque qué sería la vida sin esos momentos de solo del todo, sin jefe control.
Lo sé porque lo he hecho en mi vivir, y lo sigo haciendo. Que la pasión y la felicidad sean las primeras puertas de mi hacer de vida, y sí, llámame loco, llámame lo que quieras, pero yo vivo los preceptos de mis padres, y de sus padres y de todo aquel que un día decidió ser, en vez de tener o temer.
Sé que lo seguro no lo es nunca, aunque la mente o el subconsciente digan lo contrario y que casi siempre es mejor lo otro… por que despierta partes dormidas u ocultas difíciles de conocer; mis ires, mis venires, mis saltos al vacío, mis viajes de ida con billete de vuelta que algunas veces no usé.
A veces es necesario equivocarse de carretera, no seguir la ruta trazada por otros y vivir la experiencia maravillosa de conocer lugares, gentes, o descubrir que puedo ser muchos y ninguno en los paisajes de las miradas de los que nunca te vieron y hoy te reconocen.
Otras, tropezar tantas piedras como sean necesarias para aprender a levantar los pies, gesto fundamental, para recordar como volar.
Y que se pinche alguna rueda, perder la maleta, que en el aeropuerto te cambien el contenido, encontrar algo y que algo te falte, que el bus no llegue, que se acabe el camino, que la vida que te rodea salga a tu paso; así amé y me amaron, me desgarré a veces con los dos extremos de la cuerda por tirar demasiado o por dejar que me tironeen. Situaciones generadoras de habilidades y despertares de otros universos dentro de este, argumento necesario para transitarlos cerrando los ojos de lo aprendido y lanzarme al necesario vacío del no saber y que eso no limite la expresión del corazón que late en el centro de todos los universos de todas las gentes que conocí y olvidé.
En este momento de mi vida, de mi maravillosa vida, llena de tantas cosas y gentes, que por salud, no sé si mental o experimental, suben y bajan del tren antes o durante, sigo agradeciendo cada noche antes de cerrar los ojos que iluminan mi ver por lo vivido. Y según despierto y vuelve la luz de dentro a percibirse como un estruendo de algarabía en todo de mí, desde Dyer digo gracias, gracias, gracias, y el sol y la luna, las luces y las sombras de cada nuevo día, mi niño, que hace tanto que me lleva de la mano y me acompaña, me susurra a voz en grito CARPE DIEEEMMMMMMMMMMM!!!