Hay veces
que quisiera decir y callo,
hay tantas estrechas extrañas
entrañas rasgadas prensadas,
hay reliquias amadas,
clavadas,
matadas,
hay estertores de magma y olvido,
hay señores
que rayan
clamores de hiel.
Momentos y destellos,
parabienes de hojalata,
ajados,
perdidos,
tallados de hojarasca.
Desanimada la mañana que no quiso nacer,
que no se la esperaba,
que no quiso cantar amaneceres,
ni espesuras del alba.
En el clamor de camas,
escancié la penumbra,
abaniqué llamas y llamaradas,
escatimé horrores,
escruté esperanzas.
Señales en el cielo,
en el gris,
en el ámbar,
es la mano que rige los vaivenes
que esconde muñones de piedra,
que lanza balines de alabastro,
de peñasco,
de jardines,
de encuentros ciegos,
brazos y desuellos,
apreturas descarnadas,
sangres de horchata
encerradas,
mugrientas,
ensalzadas,
disturbios de lodo
golpes anunciados
descalabros de vacío
convalecientes los besos,
valientes los que huyen
los que aman,
los que atan,
con cuerdas los recuerdos,
con cariño las mudanzas.
He de irme
dice la palabra mustia,
los avisos sordos,
las letras en pergamino,
las maletas malas,
que lamen,
que muerden,
que insultan.
Algo me dice
que lo escrito son borrones,
ni letra ni dibujo,
ni reseña ni enseñada,
los cielos claros,
las conjunciones de cojones,
los sortilegios,
las corcheas,
las notas mudas,
las monjas de luto,
el mito que grita,
la desnudez que llora,
la luna que amamanta.
La magia,
marcas al nacer,
al crecer,
al trascender,
y aquí
donde la pirámide gira en círculos,
cuadrados los rombos,
desclavo la cárcel de emociones,
abro la jaula de tu canto,
tiro la llave y el candado,
entrégome a la certeza de que todo está escrito,
y que la mano izquierda le dijo a la derecha
en un susurro de ambigüedad,
pasa esta página
que el libro renace, y yo en él.