Hay pareceres que despejan la mente, que enarbolan ciudades y estandartes, estanterías repletas de lamentos, estrecheces que palpitan en el alma, estrenos que deslumbran, esperanzas que desbordan.
Matemáticas que suman, amaneceres que multiplican, desaires que restan, juicios inertes que dividen, y aún así, nada está libre del espejo de la desidia, del descorazonador insulto en la similitud, de que pi sea más que tres-catorce, de que la secuencias del amor y del desamor se anuden al desamparo y la soledad, a la dulzura que se pierde y a las formas deformes, uniformes, pertrechadas, insumisas, descarnadas, en algoritmos sin ritmo, en corcheas alejandrinas, en escorzos y gacelas.
El álgebra de los esquineros, de los palpitantes descorches de espuma y hojarasca, de nieve en las sienes, de simientes confesas, de verdades que deslumbran, de luces martilleantes, de perladas de perjurio, de penas en la piel, de perlas en concha, de tu en el regazo de los sueños tirados por el suelo de la ignominia.
Hay momentos que claman y declaman, canciones que enraízan en el plenilunio incandescente, susurros que perfilan, clamores que abrazan, parapetos que planean, profundidades de labio caídas en cajas de alabastro y miel.
Estoy en la cuenta de dimes y diretes, en números primos sin familia, en cadencias de cadera, en salsas sin pan, en salidas que penetran, en murmullos atronadores, en esperpentos estrellados, en algarabías aladas, en a la espera, en del tobogán al treinta, y de dados a dados, y hoy escribo este sentir, desde el cubil de la mente, de palabras que sangran, que nacen, que mueren.
Sé que todo está y es, no hay órgano que lo indique pero si catedrales de ébano que reverberan en los crisoles de mi piel acariciando los primeros rayos de vida en los maitines de abadía, en la ensalzadora damisela que enlaza, que abraza, que muerde, que mira y agradece un toque de sinceridad toledana abriendo el corazón y la jaula a golpe cariñoso de mandoble.